XLVI
Tu entereza en alud se ha desbordado,
como cisne nival principia y brota
por donde tu belleza se alborota
en partes diez como un lirio delgado.
Tu cabeza es hoguera de pecado,
enardecida antorcha, nube rota;
aletea tu sonrisa y me azota;
la mejilla de alerta me ha regado.
Y siempre me has de hallar desprevenido,
sin saber qué hambre aviesa me estimula
ni a qué sopor sucumbe mi sentido;
no te desvíes de mí, de donde ulula
la seda que en mi nombre te ha exigido,
de la orilla en que mi alma te postula.
Tu entereza en alud se ha desbordado,
como cisne nival principia y brota
por donde tu belleza se alborota
en partes diez como un lirio delgado.
Tu cabeza es hoguera de pecado,
enardecida antorcha, nube rota;
aletea tu sonrisa y me azota;
la mejilla de alerta me ha regado.
Y siempre me has de hallar desprevenido,
sin saber qué hambre aviesa me estimula
ni a qué sopor sucumbe mi sentido;
no te desvíes de mí, de donde ulula
la seda que en mi nombre te ha exigido,
de la orilla en que mi alma te postula.
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