LI
No tiene fin la fuerza del corinto
que en tus labios como sangre ha hervido;
visos tienes de hacer de barro un nido
o de obrar en mis brazos tu recinto
para siempre como nube que tinto,
como ceniza que en el horno ha ardido
o dios que añora un existir perdido;
para nunca secar tu albo jacinto.
Voy quejándome de leve y precario,
del asalto interno que me carcome,
destrozo de tu acento mercedario,
y espero el amaranto que se asome
como luz en un cerco lapidario
que pide a dios llorando que lo dome.
No tiene fin la fuerza del corinto
que en tus labios como sangre ha hervido;
visos tienes de hacer de barro un nido
o de obrar en mis brazos tu recinto
para siempre como nube que tinto,
como ceniza que en el horno ha ardido
o dios que añora un existir perdido;
para nunca secar tu albo jacinto.
Voy quejándome de leve y precario,
del asalto interno que me carcome,
destrozo de tu acento mercedario,
y espero el amaranto que se asome
como luz en un cerco lapidario
que pide a dios llorando que lo dome.
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